Habrá quién diga que meter a todos esos nombres en el mismo saco no tiene ni pies ni cabeza. Correcto. Pero el titular había que simplificarlo. Quién haya visto un cartel del californiano Coachella hace un lustro y vea asomar ahora el nombre de David Guetta puede pensar que hay un error de por medio. Nada más lejos, como cuando fue el cabeza de cartel Monegros.

Las cosas en Coachella están girando. Aunque sigue siendo el referente imprescindible de los festivales primaverales de la costa oeste, UMF, en Miami, es, hoy por hoy, el festival con más tirón en Estados Unidos. Y con una proyección internacional que le convierten en el festival yankee más exportable, con versiones en Croacia, Ibiza, Corea, Sudáfrica... y toda a base, 100% de música electrónica.

Y es que la gente que otrora se volvía loca con ACDC, Muse, etc. ya empieza a tener hijos talluditos y sus resacas empiezan a durar ciclos hercúleo de tiempo. La chavalería pasa del rock y de sus letras más o menos profundas. Quieren drops, salir a hombros de un tío mazao (es un nuevo sujeto de festival todavía por estudiar) en la aftermovie y pasar un buen rato con su amiga Molly. La cosa ya no va de desgañitarse y meterse hostias en un pogo para levantarse con una paliza épica. Hoy todo en mucho más cerebral.

La presencia electrónica siempre ha existido en Coachella. Moby, Fatboy Slim (que en verdad es la electrónica mainstream de toda la vida) o Daft Punk eran y son viejos sospechosos. Conviviendo incluso con experimentos que los modernos consideraban graciosos como Martin Garrix, hoy son casi un fijo. También repite Alesso y toda su clase... Los cimientos del festivaleo clásico se mueven... hacia donde está la pasta está claro.

Por cierto si te estás pensando ir, déjalo. Los pases se acabaron en cero-coma.