Cuanta más alta es al subida, más larga, dura y prolongada es la caída. Una caña carece prácticamente de subidas, ergo de bajadas. Si en cambio decides que durante esa noche vas a inhalar hasta la llave sustentatoria ten claro que el ciegal del sábado por la noche te va dejar echo mierda cuento menos hasta el martes. Y recuerda, el partido no acaba hasta que no suena el silbato final. Por lo tanto amiga, recuerda: todo lo que sube tiene que caer.

Normalmente no somos conscientes aunque sí responsables de las decisiones que tomamos en nuestro día. Poco más que responsables. Porque hacer un cálculo de cómo la cantidad de endorfinas se van a volatilizar de la noche a la mañana es imposible en el momento en que tu amigo viene con ese cuartico en la mano.

La inconsciencia y la responsabilidad son indisolubles. Lo que en un momento te parece una buena y, tal vez, inocua idea, horas más tarde se puede convertir en tu peor pesadilla.

 

 

En esta ecuación se levantó de mala hostia. Un despertador sonó cuando no debería haber sonado. Y una hora después volvió a las andadas. Todo se había confabulado en su contra en los primeros compases de su nuevo día. La pequeña guarnición hormonal atrincherada no fue capaz de aguantar la embestida brutal de la realidad.

La mala hostia de un mal despertar se mutó súbitamente, en un indómito latigazo mañanero, en un bajón supino. Equivalente al subidón de unas horas atrás. Cielo e infierno. Todos los planes del domingo se habían mutado del tirón en un puta mierda. No quería hacer nada. Cegada, su único ansiolítico anhelo era que aquel bajoneo desapareciera de forma ipso facta.

Pero, queridas amigas, eso el cuerpo no lo puede regular a tu voluntad. La química es cuestión de valencias que funcionan de una manera objetivable. Ergo, salvo que recurras a más y más química tramposa tu cuerpo se ha revelado contra la parte de tu cerebro menos orgánica.

 

 

El día estaba tornado en noche. Nada de coger el coche para una escapada. Nada de moverse. Su mente solo buscaba un objetivo con el que recentrarse y encontrar una motivación que reactivara ese pírrico acantonamiento y con el que por lo menos ponerse a funcionar.

Pero los segundos se vuelven interminables en ese momento. Nada fluye. La retaguardia está en modo atricheramiento y resistencia. Y si tu entorno ni siquiera puede hablar por mucho que intente gritar, la solución tan solo pasaba por ella misma. Y es que encontrar en los demás lo que no eres capaz de hallar con tus propios medios es una quimera que solo te lleva a más odio y desesperación. Y lo que es peor, para con tu entorno. 

Probablemente sepas de lo que estamos hablando. Un bajón endorfínico ataca a cada uno de una manera muy diferente. Pero esta decadencia tiene una raíz sustancial en el carácter de cada persona. Hay gente que le pone triste el hecho de estar triste. O dicho de otra manera, en modo Rajoy, de no estar feliz. La ausencia súbita de buen rollo te penetra en un bucle de peor rollo en el que, desde un punto de vista físico y hormonal, no es posible salir.

He aquí donde se hallan los grandes drogófilos. La zona Cesarini del yonkódromo. Esos que saben gestionar esas subidas y bajadas como los grandes escaladores del Tour de Francia. Y es que solo los grandes de la drogofilia son capaces de tener las consecuencias tatuadas en la piel antes de marcarse una gran fechoría.

 

 

La templanza de un estado de ánimo más que altivo era la primera de las jugadas imprescindibles para intentar remontar el partido. Y la verdad, la cooperación externa es una de las pocas anclas a las que atorarse en esos casos. De ahí su extrema desesperación para con los dos cenutrios barbudos que deberían potentar su estado de ánimos y edificarlo.

El problema positivo, válgame el oxímoron, es que tu fuerza de voluntad, como ya lo comprobaste la noche anterior, se reduce a la de un perchero. Retomar o apuntarte un plano desde luego no ideado por ti pueden ser, y de hecho son, la tabla de flotación sobre la que construir un domingo relativamente digno a base de cañas y cachopos.