Así, a capón. Con una de las intros más bonitas a nivel estético de cuantas se han visto en la historia de la televisión. Pura plasticidad, pura elegancia. Todos los parámetros afinadísimos, al rojo vivo. Una contraposición perfecta de lo que se ve en Washington y lo que pasa en el DC.

Hace poco más de una semana que la serie se desplegó como arte de magia en Netflix y, suponemos que fruto de un acuerdo firmado hace cinco años, Movistar+. Y por primera vez en mucho tiempo hubiera deseasdo que una serie no estuviera completa online para su visionado. Porque la quinta temporada de House of Cards, es, simplemente, la mejor de todas. Lo que la aupa de forma instantánea a los altares de la televisión.

 

 

Con Donald Trump cambió todo

Algo parecido pasó con 24. El rompedor formato capitaneado por Kiefer Sutherland (ahora metido a cantante de country bohemio) tenía previsto estrenarse en septiembre de 2001. En la serie, más allá de la acción trepidante, se planteaban temas muy mainstream en Estados Unidos como la ibertad individual, el derecho a portar armas en pos de la seguridad, la evolución del terrorismo y de la contra inteligencia, la cadena de mando y la toma de decisiones en tiempo real.

Pues bien, todo se fue a la mierda por el 11S. La serie se supendió temporalmente por eso de no herir sensibilidades y toda la trama se tuvo que redibujar.

Lo mismo le ha sucedido a House of Cards. La trama ideada por Beau Willimon era, en el fondo y en su concepto, un aviso al pueblo americano. No sabéis lo que está pasando. Pensáis que tenéis la mejor democracia del mundo y uno de los sistemas más incorruptibles gracias a ese check and balance y no es así. Cualquier tipo con unos conocimientos profundos de la burocracia y debidamente financiado puede dar un golpe de estado. 

Dinero, medios de comunicación, infoxicación, una fábrica de terror, control de medios de producción... A pesar de que en España siguiéramos tirando de un hombre de bigote ridículo, los golpes de estado hoy son algo mucho más sofisticado. El ejército hoy pinta menos que un medio de comunicación con intereses transnacionales. Y que quede prístino: hoy un hacker vale más que 5.000 soldados. Porque las guerras en el fondo son formas de ganar dinero. Y si te lo puede hacer un tipo sentado desde un ordenador para qué invertir en lo otro. El capital, siempre el capital.

 

 

Nada peor que Frank Underwood

Pues eso, que cuando Estados Unidos pensaba que Frank Underwood era su peor pesadilla, aparece Donald Trump. Pero gracias a House of Cards tenemos la sensación de cómo se mueven las cosas detrás de las bamabalinas de la política americana en particular y occidental en general.

Voluntad, conocimiento y patrocinio son más que suficientes para hacerse con el poder. Decía Daniel Stulin que si el 90% de los estudiantes estadounidenses no saben colocar Europa en un mapa, es porque el sistema está diseñado para eso. Cuando alguien se pregunta por qué el PP sigue ganando elecciones, a lo mejor tiene algo que ver con todas las tramas corruptas, encaminadas a una financiación irregular que acaba teniendo medios de comunicación a su merced. Esto no es una opinión conspiranoica. Todo está basado en noticias que han salido en el último mes.

House of Cards es la obra contemporánea con la que miraremos al pasado y nos daremos cuenta cómo nos la estaban colando. Cómo gente pobre y con los recursos justos para no morirse de hambre al final del día acababa votando a esa gente que suprimía sus derechos básicos. No, no son idiotas. Las maquinarias del poder hoy están mucho más afinadas y consiguen sus objetivos de soslayo

 

 

Salvando la realidad

Con toda la realidad boicoitenado un guión excelso, todo el equipo de House of Cards (recordemos que los dos protagonistas, Kevin Spacey, que anticipó magistralemente el auge de las series, y Robin Wright son los coproductores de la serie), ha sabido jugar con eso más a su favor y dar una vuelta de tuerca a la realidad política yankee.

Da igual quién acabe dónde haciendo qué. Aquí lo realmente relevante es lo que pasa, cómo todo se mueve en torno al poder. La aparición secundaria de ese teórico sottogoberno en el que nadie quiere creer pero que en el fondo ahí está, revienta cualquier posible apariencia real de la accountability. House of Cards duele mucho sentirla en el pecho. Pero usted no pinta nada en cualquier ecuación resultante de las esferas del poder.

Pero no solo de ética vive la mujer. House of Cards goza de una plétora de interpretaciones gloriosas. Todos en su sitio, ocupando exactamente el espacio que deben ocupar, sin estridencias, sin hipérboles. Un trazo casi perfecto de lo que cada uno apuntaba en sus primeros momentos en la serie. Desarrollos de caracteres prístinos, no exentos de altibajos y con idas y venidas de manual.

Por no hablar de una fotografía y una estética inconfundibles. Sabes que esa pomposidad de escayolas en techos altos, ventanales y cortinas son Wasinghton. Diría más. Es el poder yankee, el que anida en la coste este, el heredero de los padres fundadores. Y es que una serie no alcanza la gloria si no lo rompe en todos los aspectos...